Cultura territorio y migraciones. Aproximaciones teóricas

CULTURA, TERRITORIO Y MIGRACIONES
APROXIMACIONES TEÓRICAS

Gilberto Giménez
Instituto de Investigaciones
Sociales de la UNAM

A B S T R A C T

El contacto interdisciplinario con la geografía cultural puede ser beneficioso bajo muchos aspectos para la antropología y la sociología. Presenta un interés particular el concepto de territorio, elaborado cuidadosamente por la primera e incluso definido como objeto propio de la disciplina. Se entiende por territorio el espacio apropiado y valorizado por un grupo social para asegurar su reproducción y la satisfacción de sus necesidades vitales. Se trata de un concepto multiescalar que puede ser aprehendido en diferentes niveles de la escala geográfica. Los geógrafos han elaborado también el concepto de paisaje en estrecha relación con el de territorio, ya que se considera al primero como símbolo metonímico y componente diferenciador de este último. La cultura, entendida como pauta de significados, constituye una dimensión fundamental del territorio, porque la apropiación del espacio no tiene sólo un carácter instrumental, sino también simbólico-expresivo. Así entendido, el territorio constituye el marco obligado de ciertos fenómenos sociales, como el arraigo, el apego y el sentimiento de pertenencia socioterritorial por un lado; y la movilidad, la migración y hasta la globalización, por otro.

1.- Introducción

Es un hecho sorprendente el desconocimiento recíproco entre antropólogos y sociólogos, por un lado, y geógrafos, por otro. Por lo menos a partir de los años setenta, estos últimos abandonan toda perspectiva naturalista y definen su disciplina como una ciencia social. Y de hecho, la llamada nueva geografía no parece hacer otra cosa en nuestros días sino subsumir y replantear, bajo su propia óptica, los mismos problemas que afrontan nuestras disciplinas en el campo de la economía (geografía económica), del poder político (geografía del poder), de la cultura (geografía cultural), de la comunicación (geografía de la comunicación), de las relaciones internacionales (geopolítica) y hasta de la globalización (geografía del espacio mundial). De este modo se produce una situación paradógica: por una lado están las ciencias sociales tal como las practican los antropólogos y los sociólogos, y por otro las ciencias sociales como las practican los geográfos de modo paralelo.

Esta compartimentación absurda debe terminar. Ha llegado el momento de acercarnos a los geógrafos para compenetrarnos con su modo de trabajar y de plantear los problemas, cosa que han hecho ya, por su lado, los historiadores siguiendo el ejemplo de Fernand Braudel (1986) en su Identité de la France. Uno de los beneficios invaluables que podríamos esperar de este acercamiento transdisciplinario podría ser la recuperación del sentido del contexto espacio-temporal o geohistórico como matriz indisociable de los hechos sociales que constituyen nuestro objeto de estudio. Los geógrafos nos han reprochado muchas veces el hecho de hacer girar las ciencias sociales en un espacio vacío y sin dimensiones. Y sabemos que éste es precisamente el problema que ha venido a instalarse en el centro del debate contemporáneo sobre el estatuto epistemológico de las ciencias sociales, incluidas la antropología y la sociología (Passeron, 1991; Berthelot, 2000). Éstas tienden a definirse en nuestros días como ciencias empíricas de observación del mundo histórico, que por definición es indisociable de un determinado contexto espacio-temporal (Giménez, 1995).

2.- El territorio como espacio apropiado

El primer concepto que me propongo recuperar de la nueva geografía es el de territorio o territorialidad. Se trata de un concepto extraordinariamente importante, no sólo para entender las identidades sociales territorializadas, como las de los grupos étnicos, por ejemplo, sino también para encuadrar adecuadamente los fenómenos del arraigo, del apego y del sentimiento de pertenencia socio-territorial, así como también los de la movilidad, los de las migraciones internacionales y hasta los de la globalización.

Según la concepción hoy dominante entre los geógrafos (Raffestin, 1980, 129 ss.; Di Meo, 2000, 37 ss.; Scheibling, 1994, 141 ss., Hoerner 1996, 19 ss.), se entiende por territorio el espacio apropiado (1) por un grupo social para asegurar su reproducción y la satisfacción de sus necesidades vitales, que pueden ser materiales o simbólicos (2). En esta definición, el espacio se considera como la materia prima a partir de la cual se construye el territorio, y, por lo mismo, tendría una posición de anterioridad con respecto a este último. Dicho de otro modo: al margen de sus connotaciones geométricas abstractas o kantianas, el espacio sería una porción cualquiera de la superficie terrestre considerada antecedentemente a toda representación y a toda práctica.

El proceso de apropiación sería entonces consubstancial al territorio. Este proceso, marcado por conflictos, permite explicar de qué manera el territorio es producido, regulado y protegido en interés de los grupos de poder. Es decir, la territorialidad resulta indisociable de las relaciones de poder, como lo ha demostrado brillantemente Raffestin (1980) en su obra clásica Pour une géographie du pouvoir. En efecto, bajo la perspectiva que estamos asumiendo el espacio no es sólo un dato, sino también un recurso escaso debido a su finitud intrínseca, y por lo mismo, constituye un objeto en disputa permanente dentro de las coordenadas del poder.

En términos más concretos, la apropiación del espacio se realiza siempre a través de operaciones que se acomodan obligadamente a la sintaxis euclidiana. Es decir, en todos los casos se trata de manipular líneas, puntos y redes sobre una determinada superficie (3). O, lo que es lo mismo, se trata de operaciones de delimitación de fronteras, de control y jerarquización de puntos nodales (ciudades, poblaciones, islas…), y del trazado de rutas, de vías de comunicación y de toda clase de redes. Para percatarse de ello, dice Raffestin, (1980), “bastaría con analizar desde el Renacimiento las grandes políticas espaciales de los Estados en relación con sus realizaciones territoriales. En su voluntad de lograr una salida al mar, de preservar el acceso a las rutas, de implantar poblaciones, de hacer coincidir la frontera con una línea de picos o un río, los Estados han modulado sus políticas según una axiomática no declarada, pero bien presente y bien real” (p. 131). Según este mismo autor, las prácticas espaciales a través de las cuales se fabrica un territorio se reducen analíticamente a tres operaciones estratégicas: división o partición de superficies (“maillages”); implantación de nudos (nœuds); y construcción de redes (réseaux). Estas operaciones de apropiación del espacio pueden darse en función de imperativos económicos, políticos, sociales y culturales. De aquí resulta lo que el mismo autor llama “sistema territorial”, que resumiría el estado de la producción territorial en un momento y lugar determinados (p. 137).

Nosotros vamos a simplificar este “sistema” diciendo que la apropiación del espacio puede ser prevalentemente utilitaria y funcional, o prevalentemente simbólico-cultural. Por ejemplo, cuando se considera el territorio como mercancía generadora de utilidades (valor de cambio), como fuente de recursos, como medio de subsistencia, como ámbito de jurisdicción del poder, como área geopolítica de control militar, como abrigo y zona de refugio, etc., se está enfatizando el polo utilitario o funcional de la apropiación del espacio. En cambio, cuando se lo considera como lugar de inscripción de una historia o de una tradición, como la tierra de los antepasados, como recinto sagrado, como repertorio de geosímbolos, como reserva ecológica, como bien ambiental, como patrimonio valorizado, como solar nativo, como paisaje al natural, como símbolo metonímico de la comunidad o como referente de la identidad de un grupo, se está enfatizando el polo simbólico-cultural de la apropiación del espacio. Como decíamos más arriba, esta dimensión cultural del territorio es de capital importancia para entender, por ejemplo, la territorialidad étnica. Entre los grupos étnicos se dan situaciones en las que la apropiación misma asume un carácter totalmente simbólico, como en el caso de los yaquis de Sonora, que ratifican anualmente la posesión de su territorio mediante un recorrido ceremonial de norte a sur atravesando los ocho pueblos tradicionales (Olavarría, 1999, 120 ss.) Por lo demás, el espacio geográfico yaqui, constituido concéntricamente por el territorio, los ocho pueblos, el pueblo, el tebat o patio, la iglesia, el altar y el hogar, es percibido primariamente por sus habitantes como un espacio cuasi-sagrado pletórico de geosímbolos (4) (ibid., p. 81).

3.- Naturaleza multiescalar del territorio

Entendido como espacio apropiado, el territorio es de naturaleza multiescalar. Es decir, puede ser aprehendido en diferentes niveles de la escala geográfica (5): local, regional, nacional, plurinacional, mundial.

El nivel más elemental sería el de la casa-habitación, no importa que se trate de una mansión, de una tienda de campaña o de un vagón de ferrocarril. Nuestra casa es “nuestro rincón en el mundo”, como decía Gastón Bachelard, nuestro territorio más íntimo e inmediato, o también, la prolongación territorial de nuestro cuerpo. Como territorio inmediato y a priori del hombre, la casa desempeña una función indispensable de mediación entre el “yo” y el mundo exterior, entre nuestra interioridad y la exterioridad, entre “adentro” y “afuera”.

El siguiente nivel sería el de los “territorios próximos” (Hoerner, 1996, 32), que de alguna manera prolongan la casa: es decir, el pueblo, el barrio, el municipio, la ciudad. Se trata del nivel local, que frecuentemente es objeto de afección y apego, y cuya función central sería la organización “de una vida social de base: la seguridad, la educación, el mantenimiento de caminos y rutas, la solidaridad vecinal, las celebraciones y los entretenimientos (Di Meo, 2000, 101).

Después vendría el nivel de los “territorios intermediarios” entre lo local y el “vasto mundo” (Moles y Rohmer, 1998, 100 ss.), cuyo arquetipo sería la región. Se trata, como sabemos, de una realidad geográfica difícil de definir debido a la enorme variedad de sus funciones y de sus formas. Pero los geógrafos están de acuerdo en que coincide siempre con un espacio intermediario, no necesariamente contiguo, situado entre el área de las rutinas locales y el de las aventuras o migraciones a “tierras lejanas”. Armand Frémont (1999) lo define así: “De una manera general, la región se presenta como un espacio intermedio, de menor extensión que la nación y el gran espacio de la civilización, pero más vasto que el espacio social de un grupo y, a fortiori, de una localidad. Ella integra los espacios vividos y los espacios sociales confiriéndoles un mínimum de coherencia y de especificidad. Éstas la convierten en un conjunto estructurado (la combinación territorial) y la distinguen mediante ciertas representaciones en la percepción de los habitantes o de los extranjeros (las imágenes regionales) (p. 189).

Este mismo autor propone tres modelos o tipos-ideales de regiones:

1) las regiones “fluidas”, que corresponden a las poblaciones no estabilizadas, como las de los cazadores-recolectores y las de los nómadas o semi-nómadas;

2) las regiones “de arraigo”, correlativas a las viejas civilizaciones campesinas;

3) y las regiones “funcionales”, enteramente dominadas por las ciudades y las grandes metrópolis.

En fin, no debe confundirse la región con un espacio puramente material. Hemos dicho que constituye una forma de territorio, es decir, una forma de apropiación del espacio a escala intermedia (Moles y Rohmer, 1998). Y para que desempeñe plenamente sus funciones territoriales debe reunir, según los geógrafos, algunas condiciones:

“ Conviene, en primer lugar, que el espacio regional posea los caracteres de un espacio social, vivido e identitario, delimitado en función de una lógica organizativa, cultural o política. Se requiere, en segundo lugar, que constituya un campo simbólico donde el individuo en circulación encuentre algunos de sus valores esenciales y experimente un sentimiento de identificación con respecto a las personas con quienes se encuentre” (Di Meo, 2000, 132-133).

El siguiente nivel escalar corresponde a los espacios del Estado-nación. En este caso predomina la dimensión político-jurídica del territorio, ya que éste se define ahora primariamente como un espacio de legitimidad del Estado-nación, aunque no se excluye la dimensión simbólico-cultural, ya que a imagen y semejanza del territorio étnico, también el territorio nacional se concibe como un territorio-signo, es decir, como un espacio cuasi-sagrado metonímicamente ligado a la comunidad nacional.

El concepto político de territorio deriva, como sabemos, de los tratados de Westfalia, que pusieron fin a la Guerra de treinta años a mediados del siglo XVII. A partir de entonces el territorio se convierte en soporte de las naciones, en el espacio sobre el cual se ejerce la competencia exclusiva de sus Estados. Es la emergencia del Estado-nación, que desde esa época desempeña un papel decisivo de control político y social de las poblaciones. B. Badie destaca que “el territorio aparece en esta historia como el fundador del orden político moderno, en la medida en que su aventura se confunde ampliamente con la del poder” (B. Badie, 1995).

Podríamos señalar todavía el nivel de los territorios supra-nacionales (como el de la Unión Europea, por ejemplo) e incluso el de los “territorios de la globalización”. Esta última expresión podría parecer una paradoja, ya que la globalización suele asociarse precisamente con la “desterritorialización” creciente de sectores muy importantes de las relaciones sociales a nivel mundial. En términos de Sholte (2000, 46 ss), estaríamos presenciando la proliferación de relaciones supraterritoriales, es decir, de flujos, redes y transacciones disociados de toda lógica territorial en el sentido de que no estarían sometidos a las constricciones propias de las distancias territoriales y de la localización en espacios delimitados por fronteras. Tal sería el caso de los flujos financieros, de la movilidad de los capitales, de las telecomunicaciones y de los medios electrónicos de comunicación.

Este discurso omite el hecho de que la globalización, si bien implica cierto grado de “desterritorialización” con respecto a las formas tradicionales de territorialidad dominadas por el localismo y el sistema internacional de Estados-naciones, constituye en realidad una nueva forma de apropiación del espacio por parte de nuevos actores, como son las empresas transnacionales. Por lo tanto, genera una territorialidad propia, no necesariamente continua, que pretende abarcar toda la extensión de la tierra habitada. Esta nueva territorialidad se superpone a las formas tradicionales de construcción territorial trascendiéndolas y neutralizando sus efectos regulatorios y restrictivos en el plano económico, político y cultural. Los “territorios de la globalización” se configuran en forma de redes (“Network Society”, Castells, 1996) cuyos “nudos” serían las “ciudades mundiales” diversamente jerarquizadas y distribuidas por el mundo (6). (No olvidemos que la formación de redes y nudos son prácticas espaciales orientadas a la producción de territorios). Desde el punto de vista cartográfico, la territorialidad propia de la globalización asumiría la forma de un espacio puntiforme delimitado por fronteras zonales y surcado por flujos de comunicación y libre-intercambio, con la particularidad de que tanto los puntos como las redes se densificarían abrumadoramente en el espacio de la tríada: EE.UU., Europa, Japón. Es que la globalización, al igual que la modernización y el desarrollo, constituye en realidad un proceso polarizado y desigual(7).

4.- El paisaje, una ventana abierta sobre el territorio

Paisaje es un término derivado del italiano “paese” y del francés “pays”, como su equivalente alemán landschaft deriva de land, lo mismo que su equivalente inglés Landscape. Este término recubre un concepto geográfico estrechamente relacionado con el territorio. Se trata de un concepto elaborado por la geografía clásica alemana y francesa, que ha transmigrado también a la geografía cultural norteamericana. En el último decenio ha cobrado una nueva actualidad después de un largo eclipse, por dos razones principales: 1) el interés de la geografía física por volver a un análisis global del entorno, asumiendo en esta perspectiva el concepto de paisaje como traducción visible de un ecosistema; 2) el interés de la geografía cultural por la percepción vivencial del territorio, lo que ha conducido al redescubrimiendo del paisaje como instancia privilegiada de la percepción territorial, en la que los actores invierten en forma entremezclada su afectividad, su imaginario y su aprendizaje socio-cultural.

En efecto, como dice Roger Brunet, el paisaje sólo puede existir como percibido por el ojo humano y vivido a través del aparato sensorial, afectivo y estético del hombre (8). Por consiguiente pertenece al orden de la representación y de la vivencia. Aunque no debe olvidarse que, como todo territorio, también el paisaje es construido, es decir, es resultado de una práctica ejercida sobre el mundo físico, que va desde el simple retoque hasta la configuración integral. Podríamos definirlo sumariamente como “un punto de vista de conjunto sobre una porción del territorio, a escala predominantemente local y, algunas veces, regional”. En esta definición se enfatiza dos aspectos: 1) en primer lugar, la idea de algo que se ve, de una realidad sensorialmente perceptible, en contraposición a los territorios ideales o de muy pequeña escala, inaccesibles a nuestra mirada y a nuestro aparato perceptual; 2) en segundo lugar, la idea de un “conjunto unificado”, es decir, de una multiplicidad de elementos (peculiaridades del relieve topográfico y del habitat, boscosidades, lugares de memoria, objetos patrimoniales, jardines, etc.) a los que se confiere unidad y significación.

En este sentido hablamos de paisajes rurales o agrícolas, de paisajes urbanos, suburbanos o “rurbanos”, de paisajes industriales, de paisajes turísticos(9), etc.

Así entendido, el paisaje puede ser imaginario (el Edén, el Dorado…), real (la imagen sensorial, afectiva, simbólica y material de los territorios) o tambíén artístico (cf. la pintura paisajística a partir del Renacimiento, la descripción del paisaje en la literatura, la descripción fílmica del mismo, etc.)(10).

La función primordial del paisaje es servir como símbolo metonímico del territorio no visible en su totalidad, según el conocido mecanismo retórico de “la parte por el todo”. Una serie de expresiones recurrentes en la reciente literatura geográfica remite directamente a esta función, como, por ejemplo, la idea de que el paisaje es un “resumen del territorio”, o “una ventana abierta sobre el territorio”, o “el elemento visible del espacio percibido”, o “la dimensión emblemática del territorio”, o un “mediador territorial”, o “la visión fugitiva del territorio vivido por los individuos que lo producen”, o “la faceta sensorial del territorio” o, finalmente, “la parte emergente del iceberg territorial”.

Otra función principalísima del paisaje es la de señalar la diferenciación y el contraste entre los territorios en diferentes niveles de la escala geográfica, destacando la supuesta personalidad o tipicidad de los mismos. En efecto, los geógrafos suelen enfatizar la diversidad contrastante de los paisajes. Para ellos, cada porción de la corteza terrestre, definida por su posición, su situación, su extensión y sus atributos concretos, es siempre singular y única.

A la luz de ambas funciones se comprende ciertas prácticas espaciales frecuentemente generadas desde el poder en nombre del nacionalismo, como la selección de algunos paisajes particulares como característicos del territorio nacional (v.g. los desiertos norteños tachonados de cactus como característicos del territorio mexicano, la pampa como rasgo prominente del territorio argentino, el Gran Cañón del Colorado como resumen metonímico del territorio norteamericano, etc.); la creación de grandes parques nacionales como modelos reducidos, protegidos e idealizados del territorio de ciertos Estados, lo que constituye una práctica estratégica en países como los EE. UU. y el Canadá; y la selección de corredores o litorales turísticos en función del carácter especialmente pintoresco, estético o catárquico de sus respectivos paisajes, etc.

Como espacio concreto cargado de símbolos y de connotaciones valorativas, el paisaje funciona frecuentemente como referente privilegiado de la identidad socio-territorial. Algunos autores han señalado, por ejemplo, cómo los paisajes de los wensterns han contribuido a modelar la conciencia nacional de los estadounidenses (Scheibling, 1994, 80). Algo semejante se ha dicho de la escenificación paisajística de los grandes parques nacionales norteamericanos por medio de rutas, veredas de paseo, elevaciones panorámicas y belvederes turísticos(11). Estos encuadres paisajísticos atraen anualmente a millones de visitantes y son reproducidos también en millones de copias por los magazines, los periódicos, los afiches turísticos, el cine, y la televisión, alimentando gradualmente un fabuloso imaginario popular. Por eso constituyen vectores eficaces de la identidad norteamericana.

5.- La cultura: mediación entre los hombres y la naturaleza

Nos hemos referido más arriba a la dimensión simbólica o cultural del territorio. En este parágrafo nos proponemos ahondar un poco más en esta cuestión, abordando directamente la relación entre cultura y territorio.

De modo general, los geógrafos consideran a la cultura como una instancia de mediación entre los hombres y la naturaleza. Así, para Vidal de la Blache (1845-1918), el fundador de la geografía regional francesa, la cultura es todo aquello que se interpone entre el hombre y el medio-ambiente, todo aquello que humaniza el paisaje.

Pero el problema radica en el carácter confuso e inicialmente restrictivo del concepto de cultura empleado por los geógrafos. En efecto, en sus comienzos la geografía cultural – tanto en su versión europea (F. Ratzel, Vidal de la Blache ) como en su versión norteamericana (Carl Sauer, 1899-1975) – entiende por cultura el conjunto de los artefactos que permiten al hombre actuar sobre el mundo exterior. Consecuentemente, los geógrafos culturales se dedican a inventoriar y clasificar los artefactos materiales de la cultura, como los tipos de casa y de habitat, los tipos de instrumentos, las prácticas agrícolas y las transformaciones del paisaje, todo ello en el ámbito de las sociedades tradicionales.

Más adelante, los geógrafos recurren masivamente a la vaga noción de modo de vida (“genre de vie”,”way of life”) como sinónimo de cultura. El propio Vidal de la Blache, quien por un lado afirma que la cultura pertinente es la que se aprehende a través de los instrumentos que las sociedades utilizan y de los paisajes que ellos modelan, por otro lado asegura que estos elementos sólo adquieren sentido cuando se los aprehende como componentes de los géneros de vida (Claval,1995, 22-23).

Sólo en los dos últimos decenios la geografía cultural descubre las formas interiorizadas de la cultura y coloca las representaciones sociales en el centro de sus preocupaciones bajo el argumento de que el territorio sólo existe en cuanto percibido y representado por los que lo habitan (Bailly, 1998, 199 ss). La cultura se define ahora como un sistema de valores compartidos y de creencias colectivas (Hugill y Foote, 1994, 22). Consecuentemente, ya no interesan las técnicas de producción ni las instituciones societales propias de un grupo, sino la interpretación simbólica que los grupos y las clases sociales hacen de su entorno, las justificaciones estéticas o ideológicas que proponen a este respecto y el impacto de las representaciones sociales sobre la modelación del paisaje. Surge así la llamada “geografía de la percepción (Frémont, 1999), la “new cultural geography” anglosajona (Cosgrove, 1984; Duncan 1992), y la llamada “geografía humanista” (Tuan, 1976; Adams, 2001).

En resumen, la geografía cultural ha oscilado entre los polos del objetivismo y del subjetivismo en su concepción de la cultura. De aquí la necesidad de una concepción más elaborada y equilibrada de la misma, como la propuesta por la antropología interpretativa de Clifford Geertz, por ejemplo.

Este autor define la cultura como "pauta de significados" (Geertz, 1992, 20 ss.; también Thompson, 1998, 183 ss.). En esta perspectiva, y en términos descriptivos, la cultura sería el conjunto complejo de signos, símbolos, normas, modelos, actitudes, valores y mentalidades a partir de los cuales los actores sociales confieren sentido a su entorno y construyen, entre otras cosas, su identidad colectiva. Esta definición permite distinguir dos "estados" o modos de existencia de la cultura (Bourdieu et alii, 1985, 91): el estado objetivado (en forma de objetos, instituciones y prácticas directamente observables); y el estado "subjetivado" o internalizado (en forma de representaciones sociales y habitus distintivos e identificadores que sirven como esquemas de percepción de la realidad y como guías de orientación de la acción). Esta distinción nos parece capital, ya que postulamos que no existe cultura sin sujetos ni sujetos sin cultura. Además, permite distinguir niveles o estratos en la cultura territorial, como el "ecológico", el etnográfico y el de los procesos identitarios vinculados con el sentimiento de pertenencia socio-territorial.

En cuanto a las complejas relaciones entre cultura y territorio, podríamos resumirlas del siguiente modo, tomando en cuenta por razones de comodidad expositiva sólo el nivel regional. Si asumimos el punto de vista de las formas objetivadas de la cultura, se distinguen dos casos:

1) Por un lado, dichas formas pueden encarnarse directamente en el paisaje regional, natural o antropizado (Demarchi,1983, 5), convirtiéndolo en símbolo metonímico de toda la región (geosímbolo) , o también en signo mnemónico que señala las huellas del pasado histórico. Ésta sería la dimensión ecológica de la cultura regional, que comprendería tanto los geosímbolos y los bienes ambientales, como los paisajes rurales, urbanos y pueblerinos, las peculiaridades del habitat, los monumentos, la red de caminos y brechas, los canales de riego y, en general, cualquier elemento de la naturaleza antropizada.

2) Por otro lado, la región puede considerarse como área de distribución de instituciones y prácticas culturales específicas y distintivas a partir de un centro, es decir, como área cultural en el sentido otrora explicado por C.Wissler (Mercier, 1971, 83 ss.). Se trata siempre de formas culturales objetivadas, como son las pautas distintivas de comportamiento, los trajes regionales, las fiestas del ciclo anual y los rituales específicos del ciclo de la vida, las danzas lugareñas, la cocina regional, las formas lingüísticas o los sociolectos del lugar, etc. Como el conjunto de estos rasgos son de tipo etnográfico, podemos denominarlo cultura etnográfica regional (Bouchard, 1994, 110-120)

Si asumimos ahora el punto de vista de las formas internalizadas de la cultura, la región puede ser apropiada subjetivamente como objeto de representación y de apego afectivo y, sobre todo, como símbolo de identidad socioterritorial. En este caso, los sujetos (individuales y colectivos) interiorizan el espacio regional integrándolo a su propio sistema cultural. Con esto hemos pasado de una realidad territorial "externa", culturalmente marcada", a una realidad territorial "interna" e invisible, resultante de la filtración de la primera, con la cual coexiste.

La llamada "geografía de la percepción" suele ocuparse de esta dimensión subjetiva de la región que implica una referencia esencial a los procesos identitarios(12). En nuestra perspectiva, la identidad regional se deriva del sentido de pertenencia socio-regional y se da cuando por lo menos una parte significativa de los habitantes de una región ha logrado incorporar a su propio sistema cultural los símbolos, valores y aspiraciones más profundas de su región. Puede definirse, con M. Bassand (1981, 5), como la imagen distintiva y específica (dotada de normas, modelos, representaciones, valores, etc.) que los actores sociales de una región se forjan de sí mismos en el proceso de sus relaciones con otras regiones y colectividades. Esta imagen puede ser más o menos compleja y tener por fundamento sea un patrimonio pasado o presente, sea un entorno natural valorizado, sea una historia, sea una actividad económica específica, sea, finalmente, una combinación de todos estos elementos.

7.- Algunas aplicaciones

Como señalamos al inicio, los conceptos teóricos hasta aquí elaborados permiten encuadrar adecuadamente una serie de fenómenos sociales que de uno u otro modo tienen que ver con la territorialidad. Aquí nos referiremos sólo a dos de ellos, como ejemplos de aplicación: el arraigo o apego socioterritorial y las migraciones internacionales.

Tenemos razones muy válidas para sostener que el arraigo o apego socioterritorial es un fenómenos muy difundido entre las poblaciones campesinas tradicionales de México. Una investigación regional realizada a fines de 1998 en cuatro municipios del valle de Atlixco y replicado en dos localidades del estado de Morelos revela no sólo la notable intensidad del sentimiento de pertenencia o apego socio-territorial, sino también el carácter extremadamente localista del mismo.

En efecto, a la pregunta: "Si tuviera que escoger dónde vivir, ¿qué lugar preferirías?", el 85 % de los entrevistados responde que en la misma localidad donde vive. Nuestros encuestadores repitieron esta pregunta varias veces y de muy diferentes maneras, pero la respuesta siempre era la misma en un porcentaje siempre mayor del 80 %.

Y a la pregunta cerrada que les proponía diferentes escalas de amplitud territorial entre el localismo y el cosmopolitismo, el 60.7 % mencionó su pueblo, y el 17.7 % un ámbito todavía menor: su barrio. Es decir, el 78.4 % de los entrevistados manifiesta un vínculo territorial abrumadoramente localista. El apego al municipio (6.6 %), a todo el valle de Atlixco (6.6 %) y al estado de Puebla presentan porcentajes realmente bajos. Ni qué decir del apego a México como país, que sólo representa el 5.3 % .

Esta último resultado es sorprendente, porque contradice nuestra hipótesis inicial que preveía un alto nivel de nacionalismo en la región, debido a la inculcación escolar a través de los textos obligatorios y gratuitos; y también debido al hecho de que la región de Puebla se vincula de modo muy especial con un episodio glorioso de la lucha contra la invasión francesa en el siglo pasado, cuya fecha ha quedado impresa en la memoria nacional: la batalla del 5 de Mayo.
La descripción del lugar o territorio al que se siente más ligado se hace siempre en términos altamente valorativos y expresivos: por ejemplo, "este es el lugar donde nací", "aquí me gusta porque soy libre y hago lo que quiero", "me gusta el olor del campo", "el clima y la comida… son cosas que extrañaría [si viviera en otra parte]", etc.

Por lo que toca a la estructura motivacional del apego, ésta es la que corresponde a una comunidad tradicional en el más puro sentido tönniesiano. En efecto, se trata de una estructura basada principalmente en la sangre y en la tierra. En el 94 % de los casos, los entrevistados invocan como razón principal de su apego el hecho de que allí radica su familia. En segundo lugar mencionan la propiedad de la tierra (88.4 %). En tercer lugar, el hecho de que allí viven sus amigos y todos los conocen (82.8 %), Y, por último, el hecho de compartir las ideas y costumbres de la comunidad (82.3 %).

Resulta aún más interesante observar que la migración internacional no cancela el apego y el sentido de pertenencia de las poblaciones de esta región. En efecto, en su lugar de destino (New York, New Jersey) los migrantes del Atlixco se comportan como una auténtica diáspora, ya que siguen identificándose fuertemente con sus lugares de origen, con los que mantienen una estrecha comunicación a través del teléfono, de los videos (13) y, sobre todo, del envío regular de remesas. Diríase que la migración internacional más bien parece haber contribuido a revitalizar – a través de la comunicación constante y de las remesas de dinero – la cultura y las identidades locales, generando un curioso modelo que algunos han llamado “comunidad transnacional” (Smith, 1994).

Estos resultados muestran con toda claridad que la "desterritorialización" física - como la que ocurre en el caso de la migración - no implica automáticamente la "desterritorialización" en términos simbólicos y subjetivos. Se puede abandonar físicamente un territorio sin perder la referencia simbólica y subjetiva al mismo a través de la comunicación a distancia, la memoria, el recuerdo y la nostalgia. Incluso se puede ser cosmopolita de hecho, por razones de itinerancia obligada, por ejemplo, sin dejar de ser "localista de corazón" (Hannerz, 1992, 239 ss.) (14). Cuando se emigra a tierras lejanas, frecuentemente se lleva "la patria adentro"(15).

Notas
(1) La apropiación supone productores, actores y “consumidores” del espacio, como son entre otros el Estado, las colectividades locales, las empresas, los individuos, etc. (Scheibling, 1994, 78)
(2) Desde esta perspectiva, la historia de la humanidad podría verse como la historia de la apropiación progresiva del espacio por los grupos humanos en función de sus necesidades económicas, sociales y políticas. He aquí otras definiciones equivalentes: “El territorio […] es aquella porción del espacio apropiada por las sociedades humanas para desplegar en ella sus actividades productivas, sociales, políticas, culturales y afectivas, y a la vez inscribir en ella sus estrategias de desarrollo y, todavía más, para expresar en el curso del tiempo su identidad profunda mediante la señalización de los lugares” (Lecoquierre y Steck, 1999, 47); “Se entiende por territorio todo espacio socializado y apropiado por sus habitantes, cualquiera sea su extensión” (Baud, Bourgeat y Bras, 1997, 130). Roger Brunet llama “espacio geográfico” - por oposición a “espacio natural” o a “medio ambiente” (milieu) – a lo que sus demás colegas llaman territorio.
(3) Roger Brunet llama “corema” a la combinación de estas dimensiones (cf. Scheibling, 1994, 82).
(4) Un “geosímbolo” se define como “un lugar, un itinerario, una extensión o un accidente geográfico que por razones políticas, religiosas o culturales revisten a los ojos de ciertos pueblos o grupos sociales una dimensión simbólica que alimenta y conforta su identidad” (Bonnemaison, 1981, 256).
(5) En geografía, el término escala designa la serie ordenada de dimensiones de un espacio, de un fenómeno o de un proceso: local, regional, nacional, plurinacional, mundial (Gérin-Grataloup, 1995, 32). Así, si se admite la idea de una conciencia de pertenencia de los hombres a un mismo planeta, nada impide hablar de un “territorio” de la humanidad.
(6) La distribución y jerarquización de las “ciudades mundiales” están siendo estudiadas actualmente por el Grupo y Red de investigaciones sobre las Ciudades mundiales y la Globalización (GaWC), que funciona en el Departamento de Geografía de la Universidad de Loughborough, Inglaterra. Su dirección electrónica es el siguiente: http://www.lboro.ac.uk/departments/gy/research/gawe/html
(7) Por eso algunos opinan que hablar de “globalización” constituye un abuso de lenguaje, ya que lo que observamos es más bien la “triadización del mundo”.
(8) “Sólo es paisaje lo que está presente y entra por los ojos. No es tanto conocimiento racional sino sensible. Y, además, sólo visual. Los sonidos, olores, temperaturas, humedad, etc., que concurren con la representación subjetiva visual no son propiamente paisaje. Son complementos de la percepción paisajística; pero ajenos a ella. Si van pegados a la realidad visual, como el rumor del viento al movimiento de los árboles, o el bramido del mar al choque de las olas, son elementos secundarios de la belleza del paisaje; pero extrínsecos al paisaje mismo” (Sánchez Muniaín, 1948, 122)
(9) No olvidemos que los turistas son grandes consumidores de paisajes.
(10) Las pinturas del paisaje constituyen también un objeto de estudio para al geógrafo cuando éste se interesa en las modalidades de su percepción en diferentes épocas.
(11) “Antes de la práctica del turismo de masa, los westerns ya habían vulgarizado estos paisajes entre los habitantes del mundo entero. Ellos los asociaron a la famosa ideología de la frontera, a la de la apropiación igualitaria del espacio, y a la de un ideal de justicia social asociado a la moral simplista que vehicula esta producción cinematográfica. Estos paisajes son también el fundamento de la legitimidad de la colonización del espacio por oleadas sucesivas de emigrantes. Éstos no hicieron otra cosa más que tomar posesión de una naturaleza casi vacía, de cuya conservación se harían cargo en adelante” (Di Méo, 2000, 196).
(12) Véase a este respecto el número monográfico "Geografia e percezione" de la Rivista Geografica Italiana, 1980, n° 1; y también R. Geipel, M. Cesa Bianchi et alii, 1980.
(13) En nuestro trabajo de campo encontramos modalidades muy peculiares de uso de las nuevas tecnologías de comunicación. Así, por ejemplo, los lugareños graban videos de bodas, entierros, fiestas patronales y otros eventos comunitarios para enviárselos a los familiares emigrados a Nueva York. Incluso hemos conocido casos de madres que graban consejos en cassette para sus hijos ausentes. Y éstos, a su vez, gravan videos de fiestas de 15 años, de celebraciones a la Virgen de Guadalupe y hasta de partidos de fútbol entre paisanos para enviarlos a sus familiares de Atlixco.
(14) Y vice-versa, añadiríamos nosotros. Según Merton (1965), se puede ser localista de hecho, por razones de migración, de residencia y de trabajo, por ejemplo, sin dejar de ser cosmopolita de corazón. Tal sería el caso del "cosmopolita" que habita en una localidad y mantiene un mínimo de relaciones con sus habitantes, pero se preocupa sobre todo del mundo exterior, del que se siente miembro. "Habita en una localidad (Rovere), pero vive en la sociedad global" - dice Merton (p. 300).
(15) Alusión a una canción folklórica argentina de Calchaÿ y César Isella, llamada Patria adentro, algunas de cuyas estrofas rezan así: "Yo llevo mi patria adentro / regresaré para siempre / sin pensar que estoy volviendo / porque nunca estuve ausente / […] Yo estoy allí, nunca me fui / no he de volver ni he de partir / […] Yo llevo mi patria adentro / en mi cerebro y mi voz / y la sangre de mis venas / va regando mi canción / Yo llevo mi patria adentro / y en cada nueva mañana / siento mi tierra encendida / en medio de las entrañas".

A U T O R E S C I T A D O S

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